La luz penetraba como una certera flecha iluminando una porción del ático e incendiando el piso con su calor; el teléfono estaba cayendo y rebotaba como si estuviera hecho de caucho, con cada fracción de segundo se acomodaba una puñalada, dos, tres, cuatro, cinco. Los movimientos eran tan rápidos que la navaja suiza no tenía forma discernible y lo único que se alcanzaba a ver era el rojo de la empuñadura invadiendo cada rincón posible del tórax de Roberto.
El tiempo parecía haberle regalado unos segundos imposibles a Pamela para que continuara su atentado, el teléfono había parado de rebotar, estaba inerte en el suelo, con la pantalla desfigurada como si un auto hubiera pasado encima de él; la camisa azul de Roberto se había tornado de un rojo intenso alrededor de su vientre y para su mala suerte aún seguía con vida. El dolor era insoportable, como si un ejército de gusanos hambrientos estuviera comiéndose sus entrañas mientras la agonía toma las riendas del timón para envolverlo en una asfixiante hiedra lista para succionar cada parpadeo de vida que le queda. Había caído de rodillas, admirando cómo el líquido vital hacía las pases con la madre tierra con un óleo abstracto color vino promocionándose en el suelo de la planta baja de su apartada casa de playa en Chile.
Pamela permanecía inmóvil, agitada al nivel de Tour de Francia o al ver una película de horror en el cine; fue la primera vez que veía tanta sangre. Estaba mareada. Jamás pensó que llegaría tan lejos. Jamás pensó volver a ver a Roberto: su violador. Pero la tecnología es un arma de doble filo que en las manos correctas puede convertirse en información por la que muchos darían la vida misma. Pamela tuvo suerte. El hacker que la ayudó a rastrear a Roberto fue víctima de su padrastro durante muchos años, hasta que un día se le ocurrió jugar béisbol con su cráneo. Pamela tuvo suerte. Roberto llamaba periódicamente a su madre en Yucatán para estar pendiente del tratamiento para el fibroblastoma. No fue muy difícil estimar su ubicación después de varias conversaciones. Pamela tuvo mucha suerte.
Roberto agonizaba mientras se quedaba perplejo al ver los ojos de Pamela, más allá de sus pupilas, más allá del cúmulo de átomos que conformaban su existencia, conoció a la oscuridad misma; se sentía frío, como si su alma se alejara del sol mientras vaga por el espacio. De pronto, en la penumbra absoluta de sus últimos latidos su fantasma se fue consumiendo como un reloj de arena soltando los últimos granos del demonio que jamás debió haber escapado de la jaula de Lucifer.
La policía encontró el cadáver de Roberto junto con los inocentes cuerpos de 4 niños reportados como desaparecidos durante más de diez años. Pamela desapareció. Fue la única que logró escapar de las garras del monstruo con la ayuda de sus amigos hace ocho años: Jorge, Sofía, Natalia y Matías. Se prometió que regresaría por ellos, Roberto sangró por cada uno de ellos en su honor.
Pamela desapareció, se cambió el nombre y se casó. Adoptó a cuatro niños. En este momento seguro está abrazándolos.