La noche había preparado un perfecto escenario para una película de ciencia ficción. Ricardo había estado manejando quizás unas 3 o 4 horas, el Volkswagen marcaba menos de un cuarto de tanque pero por fortuna, la próxima gasolinera se encontraba a solo 5 kilómetros.
Llegando a ésta estación de servicio, Ricardo se percató que no había nadie trabajando: los locales adyacentes se encontraban abiertos, pero no se alcanzaba a vislumbrar ninguna alma por los alrededores. Nadie supervisaba el dispensador y nuestro protagonista aprovechó para llenar el tanque frente a tan envidiable situación. Eran las 4 de la mañana.
Era hora de irse, el único problema era que, por alguna extraña razón, el motor no arrancaba. Se dispuso a abrir el cofre del Jetta, intentando buscar alguna falla eléctrica, pero su búsqueda fue infructuosa.
En ése momento todas las luces empezaron a apagarse una por una, como si la oscuridad hubiera acobijado la estación de servicio con sus mantos espectrales. Ricardo moría de miedo.
-Aquí te vas a quedar -le susurró la niebla mientras añadía a otro pedófilo a su colección.
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